El tricotar ya no es cosa de la abuela

Me crié en un pueblo del sudeste de España. Un pueblo grande, decía la gente. Pero no lo era. Yo sólo sabía que mi barrio era todo mi mundo. Y en ese barrio tan tranquilo, pegado al casco antiguo (pero que muy antiguo), las ancianas de cada una de las casas se encargaban de tricotar o de hacer ganchillo en la calle. Incluso, alguna se atrevía a confeccionar preciosos encajes de bolillos. Esas eran las bolilleras, y las otras eran las ganchilleras. Las que faltan eran “las que hacen punto”, que eran las que dominaban el arte de tricotar con dos agujas. Recuerdo, como si fuera ayer, a la anciana vecina de mi abuela. Vestida de negro y con un blanco y pequeño moño en el pelo y su delantal de cuadros negro y blanco, iba acarreando aquel pesado cojín lleno de bolillos hasta la fachada de la casa, de una sola planta, de mi abuela. Se llamaba Rosario. Tras ella venía siempre su hija, Rosarito que le gustaba el ganchillo y por eso nunca aprendió el arte de su madre. Y, tras ella, llegaba mucho más tarde la nieta, María del Rosario, con el bocadillo de la merienda del bisnieto de la primera de la saga.

El ruido de los bolillos al chocar entre ellos y las agujas de tricotar forman parte de mi infancia. Los hilos finos y blancos junto con las lanas se enredaban entre todos los capazos apoyados en la acera de la calle y cuyas dueñas no paraban de parlotear. A veces eran 3, otras 6 y otras muchas más. La calle se llenaba de mujeres y niños y, de vez en cuando, pasaba un coche que no olvidaba de pitar para saludar a todas las componentes del grupo. Eso ya no existe. Forma parte de la historia de mi vida.

Todo evoluciona, todo cambia. El tricotar, el ganchillear y el bolillear ya no se realiza en la calle. Actualmente, los comercios de lanas y de tejidos son nuestros refugios. La edad ha bajado de forma considerable, incluso quinceañeras hacen sus primeros trabajos con el trapillo. Los patrones de ganchillo ya no se centran en las colchas de cama, en los tapetes para la mesa del comedor o en los cabeceros de los sofás. Las chaquetas tricotadas por nuestras abuelas eran destinadas a no pasar frío. A las de ahora se le añade el diseño, el querer lucirlas como parte de la moda. Las revistas de patronaje se han multiplicado por cuarenta; nuevas variedades y tratamientos de lanas y de algodones también; y, la nueva tecnología como internet ha globalizado este apasionante mundo del tricotar.

Pero lo que no ha cambiado desde entonces es la conversación, las risas, las charlas y un buen café o té en las reuniones.

1 comentario en “El tricotar ya no es cosa de la abuela”

  1. Me has devuelto a los aromas, colores y tertulias de mi niñez también, con tu comentario. Qué buenas eran esas tardes junto a mi abuela!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir arriba
Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en el botón Aceptar, aceptas el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad