Primavera

Andadura por el corazón de la artesana que fundó 45PRIMAVERAS
 

Me llamo Vicenta, me apasiona ser periodista y amo ser artesana

Crecí entre el ronroneo de la máquina de coser de mi madre, entre el monótono ruido de las agujas de punto de mi abuela materna, entre los ganchillos que enredaban el algodón egipcio de color blanco nuclear de mi tía y entre los bolillos que tintineaban sujetos al pesado cojín de mi anciana abuela paterna.

Entre los recuerdos de mi niñez, siempre aparece aquella chaqueta de caliente lana, que me tejió mi abuela a dos agujas. Era azul marino, porque mi uniforme era de ese color. Pero el poncho era lo que más me gustaba. Ahí no se contuvo. Era de mil colores. ¡Qué orgullosa paseaba por las calles de mi pueblo con esa prenda que no me dejaba ni sacar los brazos!

Mi otra abuela, con su moño blanco que contrastaba con sus vestidos siempre negros, era la más habilidosa con los bolillos. No me atrevo a contar cuántos tapetes me regaló con aquellos elaborados apliques. Las tardes de verano, cuando ya empezaba a refrescar en esa tierra adentro de la provincia de Alicante, las vecinas se reunían en su puerta para parlotear mientras ella enredaba con arte los bolillos, la otra sacaba sus ganchillos y la de más allá contaba los puntos de las dos agujas de punto.

La otra protagonista es mi tía, la adicta al ganchillo. De ella tengo una colcha de algodón blanco y una centena de toallas hechas con los finísimos y brillantes ganchos de metal. Todos y cada uno de ellos me los dejó en herencia y son mi tesoro vintage.

Por último, mi madre. Cada tarde, nos poníamos en la mesa camilla y el brasero para empezar con los interminables deberes de mi colegio de monjas, mientras ella dibujaba el patrón, sobrehilaba la tela, pespunteaba con la máquina de coser, ponía los ribetes, calculaba los dobladillos, ajustaba el bies, fruncía las cinturillas. Tras las tareas del colegio me tomaba la lección. ¿Cómo podía estar atenta al mismo tiempo a lo que salía de mi boca, a lo que estaba cosiendo y a lo que estaba cocinando para la cena? No lo podía entender entonces. Pero ahora sí, tras ser mamá de dos niñas.

Pasé mi adolescencia viendo caer las agujas de cabeza gorda de coser al suelo y discutiendo con mi abuela para que no me tejiera más chaquetas de lana, porque no era “guay”.

Soy tejedora de palabras y tejedora de lana y de algodón

Toda mi juventud transcurrió en la fría y lluviosa Pamplona donde estudié Periodismo pues quise ser corresponsal de guerra y recorrer el mundo. Pero antes tuve que solucionar mi propia guerra: el frío y la humedad que se metía en los huesos de esta alicantina. ¡Dios, cómo añoraba aquellas chaquetas de pura lana! Se convirtieron de “horteras” a “guays” en tan sólo dos mañanas en las calles de Iruña. Fue ahí donde empecé a apreciar el trabajo de las esmeradas artesanas de mi familia.

Con el tiempo, formé mi propia familia. Una rubia y de ojos verdes fue mi primera niña. La morena y ojos negros fue la segunda. Pero, el embarazo de esta última fue complicado. Pasé nueve meses en reposo absoluto tras la recomendación médica y empecé a tejer, pues las manos era lo único que me permitieron mover. Y así lo hice. Los ganchillos se convirtieron en mi mejor aliado contra el aburrimiento, el estrés y la desesperación. Me di cuenta que, mi infancia entre telas, lanas, algodón, agujas, ganchillos y máquinas de coser, había calado como las estalagmitas dentro de mi cabeza. Supe leer los patrones de crochet y me puse en marcha.

Por aquel entonces, vivía en el sur de Alemania y pude conseguir excelentes madejas de lana de allí y de Francia gracias a las cuidadas tiendas de manualidades ubicadas en la zona de Renania-Palatinado. Y pronto llegaron las peticiones de mis amigas, expatriadas como yo, para que les vendiera las calientes bufandas, gorros y chales que combatían el duro invierno alemán; y después, los coloridos collares que querían lucir de vacaciones estivales; y luego, los chales que querían alardear en cenas; y más tarde, los mantoncillos para la Feria de Abril. Fue entonces cuando decidí que ya era hora de ampliar el círculo de clientas. Eso significaba hacerme visible en las redes sociales y crear una pequeñísima empresa de artesanía. Por entonces ya tenía 45 años, mejor dicho, llevaba en este mundo ya 45 primaveras. No dudé en ponerle ese nombre a este ilusionante proyecto que aún me apasiona.

Tras unos años formándome con cursos de costura y de ganchillo en distintas escuelas de artesanas en Holanda y en el Norte de Westfalia donde viví durante tres años, yo y mi proyecto tuvimos que volver a trasladarnos hasta Gran Canaria donde sigo tejiendo futuro…

Siempre tejiendo futuro

 

MÁQUINA DEL TIEMPO

 Microcuento del periodista Pablo del Peso Alemán

Les presento la historia de Rosalía, una adorable criatura con una afición por el ganchillo y los tejidos fuera de lo común. Tenía cientos de vestidos y ropajes de diferentes colores, formas y tamaños. Un genial arcoíris de sensaciones y recuerdos que le llevaron a responderse por sí misma a la demanda tan recurrente que cualquier madre intentaba descifrar. Sí, aquello de “hija, y a ti, ¿qué te gustaría ser de mayor?” Su progenitora se convertiría en una de sus maestras más especiales. Sus abuelas y su tía también desempeñaron ese papel. Póker perfecto.

Una de sus múltiples virtudes residía en su inagotable afán por aprender. Le entusiasmaba fervorosamente ocupar su tiempo libre en, tras finiquitar sus tareas escolares, escuchar las interminables charlas que surgían en la puerta de la casa de su abuela con las demás vecinas como oradoras y también oyentes al mismo tiempo. No había motivos para flagelarse ante el cambiante clima que reinaba a menudo en una provincia del interior de su Alicante natal. La lana, el algodón y los demás tejidos de los que disponían eran el abrigo ideal. Artesanía útil en estado puro. Autosuficiencia garantizada.

“¿Cuántos puntos se disminuyen para colocar la sisa? – preguntaba intrigada Rosalía esperando recibir una sabia lección de su abuela como respuesta. “Un punto en el ganchillo en cada vuelta y así hasta el hombro. No nos podemos pasar de ahí. Si no, el corte queda muy desigual. Necesitamos que esté ajustado al cuerpo”- detallaba con esmero su abuela.

Aquellas palabras permanecerían grabadas a fuego en la mente de Rosalía, una alumna muy aventajada que iría adquiriendo las destrezas propias del oficio de forma vertiginosa. A partir de ese momento, cuidaba hasta el más mínimo detalle. Empezó a desarrollar una personalidad tan peculiar que pronto le haría ser considerada por su entorno más cercano como una especie de niña prodigio. El tiempo les daría la razón.

“Intenta colocar los botones a la chaqueta de lana que he terminado porque yo ya no puedo”- le comentaba con cariño su tía con manos deformadas por la artrosis, siendo consciente de que ya estaba preparada para mayores retos aún siento tan niña. Su momento había llegado. Y logró desenvolverse con un desparpajo y una tenacidad realmente admirables.

Ahora, todavía conserva algunas prendas y recuerdos de aquella época tan especial para ella. Una colcha de algodón blanco, un echarpe verde manzana y cientos de toallas elaboradas con unos finos ganchos de metal que conforman su herencia más preciada. Los califica como “mi tesoro vintage”.

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